En algún momento de nuestras vidas, todos nuestros sueños se evaporan
De pequeños, soñamos con volar, con alcanzar las nubes.
A veces estos sueños nos persiguen.
Cuando somos pequeños todo a nuestro alrededor es un mundo nuevo por descubrir, un nuevo paisaje, una nueva palabra, un nuevo juguete...
Cadavez que crecemos, se añade a la lista otro deseo.
Las ilusiones son las que nos hacen vivir, la que nos hacen ser felices y tener esa sonrisita avergonzada en la comisura de nuestros labios.
Soñar con ser la pequeña princesita de un apuesto príncipe que llega a caballo solo para rescatarte.
Soñamos con surcar las aguas de los mares con nuestra pequeña cola de sirena, y hablar con aquellos animales submarinos.
Soñar con poder llegar a Nunca Jamás y no crecer como Petter Pan.
Soñamos con tener un hada que nos guíe, un duende que nos hable y un unicornio que nos proteja.
Siemples tonterías, si te paras a pensar. Pero, quieras o no, los sueños tan estúpidos como querer salvar al mundo con tu capa, o ir a Howarts y aprender magia como Harry Potter, son las cosas que nos llevan a ser lo que somos actualmente; personas.
Porque los sueños y las ilusiones nunca se pierden, solo se tornan un poco más realistas.
Vivir sin esto no es vivir. El hueco vacío de tu corazón tiene que estar lleno. Por eso, jamás has de perder la niñez, jamás has de perder esos sueños e ilusiones que tenías.
Porque la madurez no consiste en eso. Y, a veces, hay que ser niño para ser feliz.

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