Ahí suelen habitar pequeñas luces que son guiadas por una de más intensidad.
Su reina es mi amiga. Por las noches le hablo y le cuento mis más profundos secretos, mientras sus servidoras escuchan con atención.
A veces llegar a ellas consiste solo en dejar volar tu imaginación. Alcanzar tus horizontes resulta más fácil de lo que crees.
Esa confesora mía, hace milagros. Mueve los océanos y brilla bajo la oscuridad.
Su luz es penetrante, tanto que iluminaría la más profunda de las tinieblas.
A veces se la ve triste, tanto que se esconde. Pero siempre vuelve a emerger, intrigada por las nuevas historias que he de contarle.
Un día le conté un cuento que alguien me contó. Era sobre ella.
"Catalina era la Reina de las Estrellas y Lorenzo el Rey de las nubes. El amor que los unía era inquebrantable.
Pero, después de su enlace matrimonial, una oscura maldición recayó sobre ellos.
Separados y alejados, cada uno debía vagar en su eterna soledad.
Las estrellas consolaban a Catalina, y las nubes a Lorenzo. Ella, condenada, salía de noche, mostrándose triste y abatida. Y él lo hacía de día, ocultando su más profundo pesar.
Ella y él jamás podrían verse.
Pero, cuenta la gente que a veces, se les concede un solo día de entre muchos años para que, por fin, puedan estar juntos.
Los minutos concedidos siempre son eternos, porque por fin se encuentran. Ellos, felices, eclipsan la tierra con su amor. Durante ese Eclipse, nuestros ojos no soportan su luz, ya que su amor es tan profundo que hiere la vista.
Y, así, viven ellos dos. Enamorados, condenados. Unidos, pero separados."
Y, después de ese cuento, ella, me sonrió.

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